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lunes, 4 de abril de 2011

El jardín de los recuerdos


Cierta tarde, a inicios de la primavera, me encontraba conversando con una amiga, o debo decir, estábamos compartiendo el espacio, porque mientras yo me encontraba ensimismado en la computadora, ella estaba elaborando un juego que llevaría a cabo en la fiesta de una amiga suya que estaba próxima a tener un hijo. Justo en el momento de mayor concentración, me pregunta sobre la prenda de vestir que le colocan a los bebes. Reflexione unos segundos, segundos que se volvieron minutos y por más que pensaba y pensaba no era capaz de recordar tan singular vestimenta. Repentinamente ella recordó el nombre, pero le solicite que no me lo dijera, pues yo lo sabía y debía ser capaz de recordarlo. Los minutos pasaban y se apoderaba de mí la frustración. No entendía como el nombre no podía venir a mi mente, lo había escuchado muchas veces y sin duda alguna también había utilizado la palabra en algunas ocasiones, por lo que yo debía de conocer el término. Dentro de mis reflexiones nocturnas, justo antes de dormir, la palabra vino a mí, como diciendo que me había vencido que ya era justo que dejara eso por la paz. Le mande mensaje a mi amiga diciéndole que por fin lo había recordado y que ahora podría dormir tranquilo.

Es extraño como una simple palabra se vuelve en un problema tan complejo que roba la atención de un día completo. La cuestión es simple, ¿Qué es lo que recordamos y que es lo que olvidamos? Es difícil inferir sobre los criterios que utiliza el cerebro para discernir aquello que formara parte de nuestra vida y aquello que simplemente pasara de largo. Lo cierto es que hay una infinidad de recuerdos arraigados en nuestra mente, muchos de ellos son agradables y otros tantos tristes. En lo personal me gusta recordar los buenos momentos, pero en mis tantas noches de soliloquios no puedo evitar recordar los momentos más amargos de mi vida. Y aunque sé que me hace mal, también aprovecho la oportunidad para reflexionar sobre aquello en lo que he actuado bien y aquello en lo que me he equivocado.

Pero sería injusto pensar única y exclusivamente en nuestra persona, pues debemos aceptar que nuestra vida, no es únicamente de nosotros, lo es también de las personas que nos han acompañado con el paso del tiempo. Así como tenemos una gama de acciones que hemos hecho en las cuales reflexionar, también existe una gama importante de personas que han formado parte de nuestra vida. ¿Has pensado en todas las personas con las que has convivido? Sin duda habrá quienes recuerdes más que a otras, pero lo cierto es que todas ellas se han guardado en un rincón de la memoria. ¿Qué es lo que nos hace recordarlas? La gran mayoría serian, a riesgo de equivocarme, las personas más significativas y que han marcado nuestra vida con su sello imborrable. Y es grato volver la vista atrás y encontrarse con el recuerdo del primer amor, el mejor amigo, o incluso la persona a la que nunca quisiste, o no pudiste dirigirle la palabra cuando te morías de ganas. Todas esas personas forman parte de la vida, y siempre nos acompañaran para bien, o para mal.

¿Y qué pasa cuando existen recuerdos no tan gratos? Tenemos una mente donde todo se guarda y sin duda habrá momentos e incluso personas, que quizás no queramos recordar, y sin embargo ahí están, forman parte de nuestra vida. ¿Por qué? ¿Qué nos hace recordarlos? Todas las experiencias y las personas nos dejan algo en la vida, quizás en el momento de dolor no lo vemos, pero incluso cuando nos equivocamos aprendemos a no hacer las cosas de la misma manera.

Como dijo Thomas Alva Edison “no me equivoque 1000 veces al intentar hacer una bombilla, encontré 1000 maneras de no hacer una bombilla”.

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