Al final de la segunda guerra mundial, el ejército alemán tuvo que dejar la ciudad de París, pero no podía simplemente dejarla, así que puso dinamita en toda la catedral de Notre Dame, dejando a un soldado encargado de detonarla en el momento que llegara el ejército aliado. El soldado se quedó absorto, sólo, mirando la majestuosidad de la construcción…decidió no accionarla, pues no le pareció justo que dejara de existir la maravillosa catedral.
No sé si lo historia es cierta, pero me gusta creer que así fue, ¿Qué fue lo que paso con el soldado? ¿Qué fue lo que pasó para que decidiera no accionar la dinamita, aun cuando se lo habían encomendado sus superiores? Simplemente se dejó llevar por las emociones. Todos tenemos un cúmulo de sensaciones que experimentamos todos los días, pero a menudo no nos concentramos en ellas, al contrario, la sociedad y nosotros mismos nos hemos encargado de reprimirlas, porque a los ojos de los demás, no está bien demostrar emociones. ¿Cuántas veces no hemos escuchado “no te enojes”? y yo siempre digo, ¿Por qué no me voy a enojar? Es mi sentimiento y tengo derecho a estar enojado; el problema no es experimentar la emoción, sino enfocarla hacia los puntos correctos, como diría Goleman en su libro, “inteligencia emocional” hay que enojarse en la medida correcta, por la razón correcta y con la persona o situación correcta. Y no solo pasa con el coraje, o el enojo, también con el amor, la pasión, el miedo etc.
El ser humano es capaz de tener un sinfín de sensaciones, que a menudo tiene repercusión en la conducta de las personas. Es bueno experimentar esas sensaciones, pues nos hacen sentir vivos. Pero también el ser humano es un ser racional, que es capaz de controlar y enfocar esas emociones. En la medida que podamos ser consientes de lo que sentimos, seremos más coherentes al tomar decisiones, y que éstas no estén determinadas por el momento, sino que sean el resultado del análisis introspectivo de lo que sentimos, queremos, y lo “racionalmente correcto”.
Sin duda alguna la parte más difícil de ser humano, es tomar decisiones, ser consciente de ellas y aceptar las consecuencias de las mismas. Eso nos hace personas maduras. Así pues, una forma simple medir la calidad de las decisiones que tomamos es que si nos sentimos bien, sabremos que hicimos lo correcto. El soldado sentado frente a la catedral de Notre Dame sabía que no era correcto dinamitarla. Admirándola, tuvo un sinfín de sensaciones, lo meditó, lo razonó y tomó la decisión de ir en contra de sus superiores, rompió las reglas para hacer aquello que consideraba correcto (hoy, muchos se lo agradecemos) y tomó la determinación de no hacer aquello que se esperaba.
Vivimos en una sociedad llena de pasividad, que muchas veces actúa sin ser consciente de las cosas que hace. Ha dejado de sentir, y lo más preocupante de todo, ha dejado de actuar y se limita a hacer aquello que se espera. Claro, se nos enseña a no pensar y solo tenemos que seguir los patrones establecidos por la sociedad y que son las “acciones correctas” para vivir en este espacio; estudiar, tener una carrera, ser empleado, comprar una casa y tener dinero en el banco. ¿Y qué hay de todos los sueños, los anhelos, y las ganas de ser algo más? A veces hay que ir en contra de las reglas para avanzar, para ir más allá, para dar el siguiente paso. Por una vez en la vida, se debe tener la determinación para andar en caminos sinuosos, ir en contra de todo y contra todo, para hacer algo con la vida, la vida que es tan hermosa y tan maravillosa. Como diría Lucio Anneo Séneca: “la mayor rémora de la vida, es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy”.
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