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Es maravilloso el mundo de las ideas

martes, 14 de febrero de 2012

El resultado final

Es indescriptible la sensación que se adquiere cuando, como escritor, sabemos que nuestro trabajo es leído. Es en ese momento que nos damos cuenta que las horas dedicadas a la creación literaria ha rendido frutos y que el trabajo no ha pasado desapercibido. Creo que es válido vanagloriarse por el trabajo que se realiza, independientemente de si es bueno o no (es preferible que sea bueno), pero también es válido admirar y reconocer el trabajo de los demás.

Esta historia la escuche por casualidad, se supone que es un chiste, y al final resulta que me reí de nervios al escucharlo, es tan cruda la historia, que es de admirarse la simpleza del clímax, esa forma tan original de descargar la tensión con que se maneja toda la historia. No sé quien sea el autor de este relato, pero debo admitir, que me habría encantado escribirlo y compartirlo con todos ustedes. Lo reproduzco con mis palabras y como lo recuerdo; pido disculpas por cualquier diferencia con la historia original.

“Don Atolon, hombre de avanzada edad, trabajaba desde hace décadas como sacristán en la parroquia del pueblo. Sus dedos callosos por barrer el atrio, y por su constante repicar de campanas al llamar a misa todos los días; ya dolían tanto, que a veces resultaba imposible escribir palabra alguna. Don Atolon disfrutaba mucho de su trabajo, pero la edad y las enfermedades causaban cada vez mayores estragos, por lo que, muy a su pesar, tomó la decisión de jubilarse de tan agotadora labor. Para que el puesto quedara en buenas manos, don Atolon cedió su trabajo a Ramiro, su ahijado de bautizo, y que recién había regresado al pueblo después de que sus padres se mudaron al pueblo vecino. Ramiro no pasaba de los 20 años, se había casado apenas hace seis meses y estaba ávido de trabajar para poder solventar los gastos de su familia. Así pues, don Atolon presento a Ramiro con el sacerdote del pueblo, el padre Manolo, quien era un hombre olvidadizo y simpático, pero que tomaba muy en serio su profesión.

-Ramiro, quiero hacerte un par de preguntas- advertía el padre manolo en la primera plática de trabajo. –necesito que registres todos mis asuntos en la bitácora, no son muchos, pero por alguna extraña razón siempre olvido las cosas- Ramiro, con una expresión compungida y un acento cortado al hablar, contesto al padre manolo – padre… sabe usted que… yo soy muy bueno trabajando, desde siempre he hecho de todo… pero pues… sabrá usted… que pues… no sé leer ni escribir-

-¡¡hahaha!! Menudo problema… hijo, necesito que escribas todas las actividades, debemos llevar un registro, hijo…. Me apena mucho decirlo, pero si no sabes leer ni escribir, no puedes trabajar aquí, lo siento de verdad-

Ramiro se quedo sin color en el rostro, la palabras no salían tan fácilmente de su boca, le temblaban las piernas; se sentía apenado, tristemente bajo la cara y con una expresión llena de resignación, agradeció al padre por haberlo recibido y se disculpo por no poder ser de mayor utilidad.

Así pues Ramiro se fue a su casa, caminando lenta y pesadamente, pensando con cada paso que daba, no sabía que iba a hacer, tenía una familia que mantener y no tenía trabajo, no había forma de subsistir. Las preocupaciones cada vez se hacían mayores, de tal forma de Ramiro sintió la necesidad de fumar. Fue a una tiendita para comprar un cigarrillo, pero no había, fue a otra, pero tampoco había. Ahora desesperado y frustrado, pensó que era realmente lamentable que no hubiera una sola tiendita que ofreciera tan básico servicio; así fue que la iluminación llego a su mente, decidió dejar de buscar un cigarrillo y se dirigió rápidamente a su casa.

Lo recibió su esposa, con aire de sorpresa, pues no esperaba verlo tan temprano de regreso en casa - ¿Qué pasa? ¿Por qué has regresado tan temprano?- pregunto la esposa, de una forma delicada y reconfortante –me han despedido, o mejor dicho, no me han contratado, no sé leer, y el padre necesita a alguien que le ayude con esas cosas- aseveró el compungido esposo, se creó un silencio sepulcral entre los dos. Ramiro estaba apenado, porque desde pequeño le decían que fuera a la escuela y nunca quiso ir; su esposa estaba preocupada, de alguna manera tendrían que sobrevivir. Al final, suspiro profundamente, y pregunto a Ramiro -¿Qué vamos a hacer ahora?- Ramiro la miro de frente, sin duda alguna, tenía la respuesta a esa pregunta, lo había pensado, lo había asimilado, parecía que todo lo había resuelto de camino a casa, posó sus manos sobre el rostro de Alicia (su esposa), y le dijo – tenemos un poco de dinero guardado, vamos a usarlo para poner un estanquillo (pequeña tienda situada dentro de una estructura metálica, a menudo patrocinadas por empresas refresqueras) una tiendita donde vender cosas que le sirvan a las personas que van de paso y que no pueden trasladarse a otro lugar para comprar, es una buena idea- Ramiro platicaba estas cosas a su esposa quien cada vez era más escéptica respecto a la idea que tenía su marido. Al final, decidió apoyarlo incondicionalmente y juntos inauguraron su estanquillo a la orilla de la carretera “la tiendita de Alicia”.

Resulto que fue muy buena idea, las personas pasaban y compraban los productos que ellos ofrecían, y llegaron a tal punto, que estaban en posibilidad de abrir un nuevo establecimiento cerca del pueblo donde vivían antes; así lo hicieron, y abrieron la sucursal de “la tiendita de Alicia”. Tal fue el éxito, que rápidamente comenzaron a ampliar sus locales, la gama de productos, y abrieron varios estanquillos por toda la región. Pronto dejaron de preocuparse por las dificultades económicas, aunque no por esto, Ramiro dejo de ser precavido con la seguridad financiera de su familia. Decidió abrir una cuenta bancaria donde depositar sus ingresos, crear cuentas de ahorro y un portafolio de inversión (él lo dijo en otras palabras, pero era esto lo que quería decir).

Fue al banco, en el cual un ejecutivo le explico de manera amable y detallada todo lo referente a las cuentas que manejaban. Al final, Ramiro quedó convencido de qué era lo que quería, lo expresó al ejecutivo y éste le entrego su contrato.

Ramiro, se quedó mirando tal documento, se puso nervioso, sudaba de las manos, quería hablar, pero las palabras no podían salir de su boca. El empleado bancario pudo darse cuenta de esta situación y comento si había algún problema, a lo que Ramiro, un poco apenado y con la voz entrecortada respondió –discúlpeme usted, pero… tengo un pequeño problema, lo que pasa es que… no sé leer ni escribir- el ejecutivo de cuenta se sorprendió bastante, se reclino sobre su asiento acojinado, levanto las manos y las puso en la nuca. Finalmente recobro la postura y se disculpo por esa falta de respeto. Recobro el aliento y comento con tranquilidad y amabilidad.

– Señor Ramiro, de verdad que es algo increíble, usted, un hombre de negocios, un hombre rico, con un gran potencial…. Alguien como usted, sin saber leer ni escribir, ha logrado todo esto, ¿Pues qué sería usted si supiera leer y escribir? –

-¡¡Seria sacristán!!- contesto de manera tajante el señor Ramiro. “

Fin.

La vida está llena de cambios, llena de oportunidad que debemos aprender a capitalizar. No siempre es fácil afrontar estas situaciones, cuesta mucho trabajo, mucho esfuerzo, es doloroso; pero si impregnamos el esfuerzo necesario las cosas suceden, y aunque veces el resultado no sea el que planeamos desde un principio, lo que obtenemos, puede ser aun mejor. Como yo siempre digo “a veces las cosas no resultan como uno quiere; no significa que este mal, es una oportunidad, de volver a comenzar”.